Su ánimo se confundía con el aire de la estancia: denso, oscuro y melancólico.
El inconfundible tacto de la madera de ébano sobre su piel acariciándola. Aquel penetrante olor a barniz de indias que se encaprichaba de él durante horas después de cada actuación. El grácil peso del arco con el que se deleitaba arrancando serpenteantes y huidizas melodías. La tensión de las cuerdas que contrastaba con la curvatura de su mano al deslizarse entre ellas. Ese conjunto de sensaciones lo completaban, conformaban su poesía, su esencia. Se sentía incompleto sin él. Más que su instrumento o su medio de expresión era su compañero inseparable. Recordaba especialmente aquellas tardes furiosas en las que se descargaba con él y juntos observaban cómo los acordes luchaban y sufrían por salir. Se recreaba de igual modo en aquellos otros momentos de ánimo elevado, en los cuales disfrutaban y se divertían juntos creando bellas armonías.
Tocarlo había sido siempre tan natural como respirar; desde su más temprana infancia se convirtió en un juego, puro divertimento. Su familia de tradición textil ajena a esas lindes, lo había apoyado en su sueño: ser un gran violinista. Y lo había logrado. Fue considerado un virtuoso, lo bautizaron «el príncipe del violín», tal era su fama y renombre internacional. Algunos lo veneraban, otros lo envidiaban. En su ciudad natal, Pontevedra, le habían dedicado la calle en la que nació. Una pequeña muestra de cariño y admiración. Quién le iba a decir a su padre que Manolito, como le llamaban cariñosamente, iba a llegar a donde llegó ―¡qué orgulloso estaba de él!
A estas alturas, todo ello le seguía resultando asombroso todavía, pues ni la incertidumbre ni la inseguridad lo habían abandonado durante todo el camino. En su interior, una pregunta lo había perseguido constantemente: ―¿seré bueno? Hoy reflexionaba con la perspectiva de la experiencia y se compadecía de sus temores de juventud.
Todavía invadían su mente lejanas emociones ligadas a sus inolvidables experiencias en aquellos lugares que habían visitado. Desde la pasional acogida de la Habana y el sentir de sus músicos, los nostálgicos y adictivos aplausos bonaerenses, pasando por el clasicismo y perfeccionismo moscovita hasta la cadencia y sofisticación parisina. El conjunto de esos momentos disfrutados y compartidos los había unido si cabe más.
Pero todo se truncó una calurosa noche de junio. Adoraba aquella ciudad Nueva York. Fue un cúmulo de desafortunadas circunstancias las que hicieron que tuviera un nefasto final. Ni aquel conductor ni él pudieron evitarlo. Su brazo nunca volvería a ser el mismo. Se resistió, pero poco a poco fue perdiendo la batalla, como un candil en medio de la tempestad.
¿Qué sería de su vida sin él? Se sentía vacío. Lo había tenido todo y ahora no tenía nada.
Su mente volvía una y otra vez a la imagen del cuadro «el emigrante», de su buen amigo Alfonso. Pensaba en cómo podría sentirse aquel hombre que volvía a su hogar después de tanto tiempo y creía encontrarse igual: un extraño de vuelta a su casa, su tierra, profundamente solo.
Con esos pensamientos en su mente y un pesar que nunca lo abandonaría hasta el final de sus días, Manuel guardaba a su violín con ternura en la maleta. Se despidió con la frágil esperanza de un hasta pronto…
«Retrato de Manuel Quiroga Losada» Imagen cortesía delArchivo Emilio Casares | Base de datos de iconografía musical en España (BIME) iconografiamusical.es
«¿Encontrasteis el barco en el mar,rojas las velas, el mástil negro? A bordo el hombre pálido,el señor del barco, vela sin paz»
[Fragmento de la ópera El holandés errante]
Canturreaba inquieta en voz baja en un esfuerzo por relajarse mientras esperaba. Era una canción popular que su madre había aprendido de los marineros del viejo puerto. Cuando eran pequeños acostumbraba a cantársela acompañada de alguna historia de miedo. A Liduvina y sus hermanos les fascinaba verla. Su madre había sido la mejor actriz del acuario.
Pero ahora sus nervios le ganaban la partida a pesar de los esfuerzos. Esa audición era vital; si conseguía el papel protagonista, su carrera despegaría definitivamente. Sería una de las sopranos más reconocidas de su especie y, quién sabe, quizá del mundo entero, pensaba excitada revolviéndose en su asiento.
Había estudiado con tesón todos los papeles de esa ópera, pero tenía verdadera esperanza de que la aceptaran para representar a Senta que, obsesionada por el Holandés Errante, muere de amor por él. «¡Morir de amor, tan romántico…!», pensó en voz alta sin darse cuenta. Unos ojos tan saltones como penetrantes la miraron desde la butaca de al lado. Fue breve, pues inmediatamente dirigieron su mirada hacia otro punto a su juicio más interesante.
No se amilanó. Conocía sus capacidades, su torrente de voz podía alcanzar los 230 decibelios si se lo proponía, lo cual le había provocado algún que otro percance que prefería olvidar.
Iba a entrar y demostrar de lo que era capaz. Lo formuló con tal intensidad que volvió a girarse cauta hacia su izquierda. La señora Cigarra permanecía ajena a todo, con esa mirada de solemnidad de quién se sabe ganadora.
― Liduvina, adelante ―dijeron en voz alta. ―¡Yo! ―respondió decidida.
Y así fue, como una cachalote, menuda pero decidida, se dirigió camino al éxito.
«El holandés herrante» de Elbridge Kingsley 1887 Imagen en dominio público. Cortesía de Smithsonian American Art Museum Senta es un personaje de la ópera El holandés errante de Richard Wagner
[parte II]
Liduvina deambulaba sin rumbo por las callejuelas aledañas a la Plaza del Arrecife. Sus diminutas aletas se deslizaban pesarosas por el asfalto. Estaba derrotada. Volvían a echarla del trabajo, y siempre por la misma causa, su estridente voz.
De repente un papel aterrizó frente a ella. Ojeó a su alrededor comprobando de donde venía, pero la calle estaba extrañamente vacía. Parecía un folleto publicitario, se agachó curiosa y lo recogió:
LA IMPORTANCIA DE LA VOZ ¿Quieres saber hasta dónde puede llevarte? Taller de voz y vocalización teórico-práctica Impartido por el famoso ventrílocuo Faustino Altavoz ¡Últimas plazas! Apúntate 012 357 856 016 Rampa Abisal, vivero 7 – Atlantic City
En el centro del anuncio aparecía la cara del tal Faustino, supuso. Lo observó detenidamente. Era un Lobo Gris cuyos ojos la miraban penetrantemente, parecía dirigirse a ella. «¿Hasta dónde puede llevarme mi voz?» se preguntó, «pues por ahora a ningún sitio…» se lamentó.
Ése era precisamente el motivo por el que la habían despedido de los tres últimos trabajos. En el primero había trabajado en la venta de entradas de un show acuático. La cabina era tan pequeña y tan mal insonorizada que se veía obligada a alzar demasiado la voz para escuchar a los clientes, y después de varios percances el vidrio de la cabina se había roto en diferentes ocasiones. En el segundo probó como tele-operadora en la venta de productos para piscinas, duró muy poco porque los clientes se quejaban continuamente de su tono de voz. Y hasta ese día había trabajado como camarera en un restaurante de comida rápida, el sitio en el que más había durado y se había sentido realmente a gusto. El problema había sido que en determinadas ocasiones cuando cantaba las comandas a la cocina se dejaba llevar, hasta ese día en el que la cocinera se había desmayado, exhausta. Trauma acústico les había dicho el doctor…
«Tengo que aprender a controlar mi voz» se propuso. Estaba desesperada. Volvió a ojear el papel y se decidió. Localizó una cabina de telefonía y marcó los números con determinación. Al primer tono de la línea se arrepintió. Iba a colgar el aparato cuando una vigorosa voz respondió:
―Faustino Altavoz al habla. ―Hola Faustino, me llamo Liduvina. Llamo por tu anuncio del taller que impartes. Tengo problemas para controlar mi voz ―expuso dubitativa. ―Entiendo. Pues has llamado a la persona indicada. Para aprender a controlarla, primero debes aprender sobre la importancia de la misma. Créeme, eso cambiará tu vida.
Liduvina permaneció en silencio unos minutos, intentando analizar todo aquello. ―¿Cuándo empezamos? ―la interrumpió. ―¿Mañana? ―respondió sin pensar. ―De acuerdo Liduvina. Nos vemos mañana. Prepárate para el cambio, no te arrepentirás ―dicho esto colgó el auricular.
Se quedó parada en la cabina, reflexionando sobre lo que acaba de suceder. La inicial incertidumbre se transformó en inesperada ilusión.
«Quién sabe, quizá a partir de mañana comience una nueva vida» recapacitó e ilusionada tomó rumbo a casa.
[parte III] «El día que conocí a Liduvina»
El día que conocí a Liduvina, no lo olvidaré. Es más, aún lo recuerdo perfectamente.
Yo me había apuntado a un taller de Faustino Altavoz, un ventrílocuo famoso y muy bueno en lo suyo: trabajar la voz.
Las primeras sesiones eran individuales. En ellas aprendí la importancia de la voz, el cómo cuidarla, cómo potenciarla… En definitiva, saber controlarla y descubrir hasta dónde puede llevarnos.
El motivo por el que me había apuntado era porque desde la infancia siempre he tenido complejo con mi voz. Tener un tono tan débil como es mi caso, me había traído más de un problema: me sentía con frecuencia ignorada o mal interpretada. A lo largo de los años la frustración aumentó hasta el punto de aislarme cada vez más en mi cómoda burbuja.
Aquel taller era una esperanza y estaba resultando todo un descubrimiento a medida que avanzaba. Las últimas dos sesiones eran grupales. En ellas conocí al resto de compañeros, entre ellos a Liduvina. Una cachalote menuda, cuya tímida sonrisa me ganó nada más verla. Desde el primer momento nos entendimos y ayudamos entre nosotras a la perfección. Bromeábamos sobre nuestros problemas con la voz, cuestión que nos había unido. «Unas por mucho, otras por poco…» nos decíamos con frecuencia.
En ese curso aprendí a potenciar mi voz, a no callarme, a hacerme oír. Perder ese miedo fue liberador. Faustino nos dijo que debíamos realizar una declaración de rendimiento y propósito. La mía fue estudiar periodismo y dedicar mi vida a poner voz a aquellos que no tienen. Liduvina aprendió a dominar la suya y a potenciarla según el enfoque. Su propósito fue apuntarse a clase de canto y dedicar su vida a ello.
Diez años más tarde vuelvo al periódico en el que comencé mi andadura periodística para este pequeño homenaje. Ella se ha convertido en una cantante de ópera más que reconocida, de la que he escrito múltiples crónicas de sus éxitos. Yo me dedico a recorrer el mundo con mi cámara poniendo voz a otros que no pueden o no tiene la posibilidad.
Convertimos nuestras debilidades en fortalezas y herramientas para el éxito personal. Estas humildes líneas pretenden ser inspiración para las nuevas generaciones. Vosotros también podéis.
No ignoréis a vuestra voz interior, permitid que sea vuestro timonel ante el oleaje.
Atalaya Babor, para «La cotorra de Atlantic City»
[parte IV] «La pecera»
Escuchaba absorto como la lluvia estallaba rabiosa contra el cristal mientras observaba el horizonte. El chubasco era copioso en exceso, resultaba difícil distinguir donde finalizaba el mar y donde la lluvia, parecían ser uno. Al fin y al cabo eran origen y final, pensaba Faustino mientras se giraba y comenzaba a recorrer la estancia, examinándola.
Comprobaba mentalmente que todo estuviese listo para el primer día del taller. Ese lugar transmitía paz, le había costado encontrarlo y reformarlo, pero con mucho esfuerzo lo había conseguido. Lo observó con satisfacción: era un bajo de la zona portuaria, del cual tres cuartas partes se adentraban en el agua hasta el metro de altura aproximadamente. Pese a las contrariedades, había puesto especial empeño en que un gran porcentaje se contruyese íntegramente en vidrio. Concebía el taller como una pecera gigante que aislase y protegiese a partes iguales. Y lo consiguió. Se sentía especialmente orgulloso de ello «ex nihilo nihil fit»[1] dijo en voz baja, cita que se había apropiado y utilizaba en todos sus seminarios.
Alineó las sillas cual tablero de ajedrez y repasó por última vez el listado de asistentes, nombre por nombre. Atalaya, sí aquella humana con el típico complejo de voz recordó. Liduvina, de la que no sabía nada, solo aquella extraña llamada ¿qué problema traería? Casi todos solían arrastrar un buen lastre de dudas y miedos que él conseguía solucionar. Era muy bueno, afirmó burlando a su inexistente modestia.
Siguió con la lista. Leyó varios nombres que no le decían absolutamente nada, hasta que se paró en seco, alarmado. «¿Matilde? No, no puede ser» se dijo. Volvió a comprobar los datos del formulario con la esperanza de haberse confundido pero para su desdicha no había duda. Efectivamente era ella, una cigarra aspirante a soprano y demasiado pagada de sí misma que se apuntaba a todo lo que Faustino organizaba. ¡Un verdadero dolor de colmillos! Con suerte se cansaría en un par de sesiones y no volvería.
Sonó el timbre liberándolo bruscamente de sus pensamientos. Anunciaba la llegada de los asistentes más madrugadores.
«Arriba el telón…» dijo en voz alta atusándose el pelaje con gesto teatral y dirigiéndose a la puerta.
En una imaginaria batalla entre el agotamiento y el raciocinio, sabía que el primero ganaría la batalla contra todo pronóstico. Aquel turno se le estaba antojando excesivamente largo. Disimulando se irguió en el taburete, pero en el proceso tiró una pila de folletos, esparciéndose éstos por dentro y fuera de la cabina.
Observó a su alrededor confiando en que nadie hubiese reparado en ello. Era imposible pues su torpeza era inversamente proporcional a su diminuta altura. Al fondo del vestíbulo atisbó una manada de jurelillos que se habían fijado en su proeza mientras jugaban a las pompas. Podía ver cómo se reían de ella hinchando sus irrisorias ventrescas. Al otro lado, una pareja de dálmatas interrumpió su paseo y la observaban compadeciéndola.
Sintió un calor incipiente que provenía de alguna parte de su cuerpo. Sus escamas no podían ser de un color más morado, color que no le disgustaba por cierto. Recordaba la de veces que había intentado sin éxito conseguirlo con colorete para alguna que otra cita. Rápidamente recogió los folletos y se refugió dentro de la cabina.
Su breve tranquilidad fue interrumpida por un cliente: ―Por favor, una entrada para el Show de las Sirenas de las 18:45 ―dijo una pequeña comadreja revisando el programa que sostenía entre sus extremidades. Su tono de voz era extrañamente bajo.
Liduvina, se alarmó. Todavía podía recordar una escena de su primer día con un par de jirafas, que por suerte había conseguido resolver a través de gestos. ―Disculpe no le he escuchado bien. ¿Sería tan amable de repetir?
En respuesta, una mirada totalmente reprobatoria. A pesar de su tamaño aquella comadreja conseguía intimidarla. ―Show de las Sirenas, 18:45 ―respondió ofendida y con un tono irritantemente bajo.
Sintió el calor, ascendía por su espalda. «Paciencia», se dijo. ―De verdad, perdóneme esta cabina está tan bien insonorizada que no le escucho.
La comadreja inclinó sus lentes y la miró por encima de ellas, altiva y arrogante. ―Sirenas, 18:45 ―contestó sin inmutarse.
Sentía hervir sus aletas. Aguantó la respiración durante unos minutos como su madre le enseñó. Pero la desesperación ganó la batalla y liberó su pulmón gritando: ―¡Qué no le escucho! ¡Puede dejar de hablar a medio hocico y decirme qué quiere! ¡Por favooor!
Se había arrepentido antes de terminar de decirlo. Una vez más, había perdido el control y sabía lo que conllevaba. Salió de la cabina previendo el resultado. La comadreja se alejó con desconfianza.
Comenzó con pequeñas explosiones a través del cristal, pero creció gradualmente hasta que la totalidad de la cabina se resquebrajase por el suelo. En pocos minutos el vidrio disperso y mezclado con los folletos acampaba por el amplio vestíbulo.
Sentía todas las miradas clavadas en ella. El fuego se había apaciguado pero el sonrojo se negaba a irse, permaneciendo en todas y cada una de sus escamas.
Su jefe, un león marino con adicción a los arenques, apareció alarmado: ―Pero Liduvina, ¿otra vez?
Las palabras no querían salir. Incapaz de responder, solo pensaba: «¡Agua trágame…!»
«Mermaids» (Sirenas) de Gustav Klimt, 1899 Imagen en dominio público. Cortesía de klimtgallery.org
Observaba al resto de participantes abandonando la sala. Percibía su grado de entusiasmo en general pero era incapaz de contagiarse de ello. «¿Dónde me he metido? ¿Cómo creía que va a resultar?», se preguntaba mientras se acercaba dubitativa a él.
—Disculpa Faustino. ¿Tienes un minuto? Querría comentarte algo.
—Por supuesto. Un momento —respondió el profesor mientras intentaba sin éxito despedirse de otra asistente que le preguntaba algo de forma insistente.
Liduvina la observó. Por su pose y el extravagante gorro cubierto de raíces que portaba, más que una cigarra parecía un pavo real. Faustino parecía imperturbable a no ser por el imperceptible movimiento de su cola que ella pudo apreciar. En unos minutos despidió a la cigarra real y centró toda su atención en ella. —Liduvina, ¿verdad? —Sí. —Coméntame, ¿qué sucede? —Esto… Quería pedirte disculpas. Me temo que no voy a poder continuar en este taller. —Tú decides. Pero, ¿podría saber cuál es el motivo? —Esto… No sé cómo explicarlo… —¿Y si pruebas con palabras? —El tono de su voz denotaba autoridad.
Indecisa, evaluó el espacio con especial atención en las paredes de vidrio. —Mi voz es un peligro —afirmó rotunda. Lo consideraba un buen resumen pero al advertir la mirada interrogativa de Faustino, convino detallar más. —La potencia de mi voz es extremadamente alta. Ello me ha provocado algunos problemas graves y no deseo poner en peligro a nadie aquí —señaló con la cabeza las paredes y las observó quedamente. —Entiendo. Si te digo que eso no es un problema y que no te preocupes por ello, ¿qué harías? —respondió desviando su atención.
Liduvina agachó la cabeza vacilante sin saber qué responder. —Acércate y siéntate —ordenó colocando un par de sillas frente a la pared central.
Ella obedeció y Faustino la imitó. Permanecieron unos instantes en silencio, observando cómo la lluvia golpeaba rítmicamente el cristal hasta que él comenzó a hablar con tono solemne, como si hubiese decidido confiarle un secreto. —Tu voz habla de ti, explica quién eres. Está determinada por cómo has crecido, tus creencias, tus pasiones… pero también por tus miedos.
Liduvina apartó la mirada de la pared y lo observó, instándolo a continuar. —Algunas voces pueden parecer inarmónicas porque como seres vivos nos motivan infinidad de cosas. Algunas incluso contradictorias. Es parte de nuestra naturaleza. Tu voz puede ser transparente o puede responder a necesidades disfrazadas que encubren un carácter modelado para gustar. Muchos lo tienen claro desde el principio, pero otros no tienen ni idea y comienzan a buscar su propia voz. En realidad no hay búsqueda, ya está ahí, lo que tienes que hacer es saber escucharla. Piensa en ello Liduvina. Puedes decidir volver o puedes resignarte con tu vida tal y como está. Al fin y al cabo quizá sea lo que mereces, ¿no? —dijo con dureza sin esperar respuesta.
Él se levantó y abandonó la sala sin despedirse, dejándola sola frente aquella pared. La observó fijamente. Era una contradicción, aparentemente frágil pero en esencia extremadamente resistente.
«Y yo, ¿cómo soy yo?», se preguntó.
«La Metamorfosis de Narciso», Salvador Dalí 1937, Tate Modern, Londres Imagen en dominio público. Cortesía de cafeconvertes.com
[parte VII] «¿Por qué?»
Liduvina reflexionaba cabizbaja, caminando en círculos concéntricos a lo largo y ancho de su minúsculo camarote. No había pasado la audición para formar parte del Orfeón Naval. Lo peor sin duda había sido ver el semblante de su madre, decepcionada por enésima vez. Se sentía zozobrar en una realidad atiborrada de injusticias mientras gimoteaba a viva voz:
«¿Por qué me ha hecho eso Cordelia? No entiendo porqué precisamente en los momentos más críticos me quedo sin voz. Ella lo sabe, por eso durante la prueba me ha hecho cantar la primera. Ni una mustia nota ha aflorado de mí. Es como en esos sueños, demasiado frecuentes, en los que quiero gritar, correr, huir… pero no soy capaz y me quedo completamente paralizada. Menos mal que esto no ha sido un sueño, aunque, ¿realmente no sería mejor que lo hubiese sido? Quizá. En esta realidad, mis aletas me permitieron escabullirme rauda y veloz como si el mismo Leviatán me persiguiese.
¿Por qué se me erizan las escamas y obturan las branquias cuando debo hacer algo que me exponga? Me inhibe una temible angustia que no sé cómo controlar. Todo lo que me rodea es un abisal y potencial peligro. ¡Cómo envidio a mi prima Cordelia, ella sí tiene desparpajo y destaca en todo lo que se propone!
¿Por qué funciono al revés? ¿Por qué cuando tengo miedo de mi boca no sale ni un triste chasquido pero cuando estoy enfadada puedo llegar a provocar pequeños maremotos? Tenía su gracia cuando era pequeña y lo utilizaba para jugar a las olas en la playa, pero ya no la tiene. Ya no soy una alevín. Soy casi adulta y como casi adulta debo comportarme de acuerdo a lo que se supone que es eso. Pero, ¿cómo hace una para madurar? Piensa Liduvina, piensa… Tiene que haber algún modo, no puede ser tan complicado. Le preguntaré a Cordelia. No, paso. Seguro que me lo dice al revés. También puedo preguntarle y hacer lo contrario a lo que me indique, no sé. O también puedo preguntarle lo contrario y hacer lo opuesto a lo contrario. ¡Qué lío…! ¡No es fácil ser maduro!
¿Por qué no sé qué hacer con mi vida? Quiero que mi madre esté tan orgullosa de mí como lo está de mis hermanos. Ellos han seguido sus vocaciones con éxito: un hidrólogo, un agente marino, un acuicultor y un pirata. Soy la más pequeña, en años y en altura, eso no es excusa, ¿no? Es que vuelvo a recordar la cara de mamá y… »
—Cariño, ¿estás ahí? ¿con quién hablas? —Preguntó una suave voz al otro lado de la puerta.
Liduvina se quedó inmóvil, «¿por qué abro la boca cuando no debo? ¡Qué vergüenza! ¿Qué habrá escuchado mamá?». Sigilosamente se fue alejando de la puerta hacia el portillo del camarote sin reparar en una estrella marina musical olvidada en el suelo, la cual crujió bajo el inevitable peso de sus aletas emitiendo una fallida melodía. «¿Por qué?», se preguntó
[parte VIII] «Porque»
He permanecido en el pasillo escuchando tus lamentos hasta que finalmente he entrado y te he visto, cargando con un pesado abrigo repleto de miedos. Tan menuda y tan frágil…
No los ocultes tras una puerta, manifiéstalos. No hay peor miedo que aquel que no expresas y acabas escondiendo en tu corazón. Los miedos existen y no debes avergonzarte, si no aceptarlos y superarlos. Ama tus rarezas, si las hubiese.
¿Te puedes imaginar cómo me afligió contemplar tu cara de pánico en la audición? Sentí angustia por tu dolor. No debes compararte nin con tu prima Cordelia, ni con nadie. Nunca lo hagas, por favor. Tú tienes tu propia esencia, diferente a ella y a los demás. Sé que me tomas como tu modelo seguir. Pero tú, pequeña, no tienes que ser yo, simplemente tienes que ser tú, es lo que quiero que entiendas.
Hay tanto dentro de ti que no alcanzas a ver… Pero créeme, aflorará cuando estés preparada y se lo permitas. Eres apenas una alevina y sé que no me crees en este momento, pero siempre he confiado en ti y lo sigo haciendo. Llegará el día en que te conviertas en un ser del que estaré enormemente orgullosa.
¿Recuerdas cuando comenzaste a dar tus primeras zambullidas? Al principio te aterraba y provocaba tanto pánico que eras incapaz de sumergirte sola. Tu padre, yo misma o incluso tus hermanos debíamos acompañarte y te aferrabas a nosotros con toda la fuerza que tus pequeñas aletas te permitían. Pero el tiempo pasó y con él aquellos miedos, que también se sumergieron para no volver. En nada, te convertiste en el centro de atención del Arrecife. Todavía me cruzo con alguno de nuestros vecinos de aquella época que me preguntan por ti y por tus acrobacias. ¿Te acuerdas de Simbad, el que vendía los granizados de atún que tanto te gustaban? Pues es uno de ellos.
Sí, hija. Así quiero verte: sonriendo.
Eres muy joven todavía, es normal que no sepas qué quieres hacer con tu vida. Que eso no te angustie ni enmudezca cuando se presente la ocasión. Tu voz es extraordinaria, lo sé y tú también lo sabrás llegado el momento. Confía en ti misma como yo lo hago. Tus hermanos han marcado su rumbo y lo han seguido, tú también lo harás.
¿Recuerdas el poema sobre el miedo que tu padre os recitaba?
«Un Sapo tropezó con él, las Sardinillas le huyeron, un Mancha muy vago se sentó sobre él, una Barracuda lo usó como arma, un Salmón se aventuró con él, Perseo lo derrotó y el Kraken lo utilizó, e incluso las Sirenas compusieron bellas canciones con él».
Sientes que el miedo te frena, pero no es él, eres tú. No hay miedo que no puedas aprovechar para crecer, utilízalo.
No busques porqués. Porque tú conseguirás lo que te propongas.
[parte IX] «La Magnífica»
Obstinados nervios reclamaban su atención pero los mantenía a distancia. Aprovechó para cerrar los ojos y percibir cómo violines y violas se divertían. Sus cuerdas vocales latían al ritmo de su corazón, se sincronizaban nota a nota, mientras sus escamas repicaban al son de la cantata mediante leves aleteos.
Con paso firme y decidido se aproximó al centro del palco al son de la melodía. Sentía la seda de su vestido deslizándose suavemente tras sus pasos, envolviéndola. Sus compañeros le cedieron el lugar en el centro del escenario. Mientras esperaba a la señal para su entrada, sus aletas tintineaban expectantes. En ocasiones, las luces la cegaban pero no le importaba, había llegado su gran momento.
Su viaje se inició con «Senta» y ahora por fin había conseguido un papel estelar en el Gran Teatro de Ultramar con la Filarmónica del Oceánico. Era un escenario emblemático. De ahí habían salido ilustres sopranos como Marea Callas «la Divina», o Montserrat Caballa «la Superba», a las que admiraba profundamente. Liduvina soñaba que algún día ella también tendría un sobrenombre como aquellas, fantaseaba sobre cuál sería. Atalaya bromeaba diciéndole que la llamarían «la Soñadora» porque su voz hacía soñar. ¡Cuánto quería a su fiel amiga y cuánto le debía! Su interior sonrió, no podía verla pero sabía que estaba entre el público al igual que Faustino, su madre y sus hermanos.
El foco la alumbró, era la hora. El tejido de su vestido refulgió bajo la luz, ella también.
Se aisló de todo menos de la música, dejándola fluir a través suyo como Faustino le había enseñado, abriendo su corazón, sus pulmones y su voz:
«Magnificat anima mea Dominum, et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo, quia respexit humilitatem ancillae suae. Ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes…»[1]
El sentimiento religioso era ajeno a ella, pero todas y cada una de aquellas palabras brotaron de su interior con verdadero fervor y autenticidad. Al cantar sentía la alegría de María, la protagonista, ante la visita a su prima Isabel, ambas en estado de buena esperanza.
Perdió la noción del tiempo mientras duró la interpretación, con el coro, el resto de solistas e incluso sola. Lo disfrutó con pasión. Por fin comprendía cuál era su propósito, el camino había sido largo pero había valido la pena. Quería dedicarse a ello para el resto de su vida.
Los aplausos la despertaron de su ensoñación al tiempo que un pequeño ruiseñor les ofrecía un ramo de guirnaldas a ella y sus compañeras. Contempló como el público se levantaba y seguía aplaudiendo. Muriel, su compañera, se acercó: ―¿Los escuchas Liduvina? Es por ti ―le dijo asombrada. La observó. Era un gacela realmente petulante pero en ese momento se veía tan impresionada como ella.
Se adelantó para corresponder a la creciente ovación. ―¡Magnífica! ¡Magnífica! ¡Magnífica!… ―coreaban entusiasmados tirándole laureles.
Se inclinó hacia ellos escuchándolos conmovida. Sentía su admiración pero sobre todo su cariño.
Y lloró lágrimas de felicidad.
Así fue, como un pequeña cachalote consiguió su sobrenombre y con él su verdadero lugar en el mundo.
[1]Cantata «Magnificat – BWV 243A», de Johann Sebastian Bach