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«El último vals»
[A Manuel Quiroga Losada]
Su ánimo se confundía con el aire de la estancia: denso, oscuro y melancólico.
El inconfundible tacto de la madera de ébano sobre su piel acariciándola. Aquel penetrante olor a barniz de indias que se encaprichaba de él durante horas después de cada actuación. El grácil peso del arco con el que se deleitaba arrancando serpenteantes y huidizas melodías. La tensión de las cuerdas que contrastaba con la curvatura de su mano al deslizarse entre ellas. Ese conjunto de sensaciones lo completaban, conformaban su poesía, su esencia. Se sentía incompleto sin él. Más que su instrumento o su medio de expresión era su compañero inseparable. Recordaba especialmente aquellas tardes furiosas en las que se descargaba con él y juntos observaban cómo los acordes luchaban y sufrían por salir. Se recreaba de igual modo en aquellos otros momentos de ánimo elevado, en los cuales disfrutaban y se divertían juntos creando bellas armonías.
Tocarlo había sido siempre tan natural como respirar; desde su más temprana infancia se convirtió en un juego, puro divertimento. Su familia de tradición textil ajena a esas lindes, lo había apoyado en su sueño: ser un gran violinista. Y lo había logrado. Fue considerado un virtuoso, lo bautizaron «el príncipe del violín», tal era su fama y renombre internacional. Algunos lo veneraban, otros lo envidiaban. En su ciudad natal, Pontevedra, le habían dedicado la calle en la que nació. Una pequeña muestra de cariño y admiración. Quién le iba a decir a su padre que Manolito, como le llamaban cariñosamente, iba a llegar a donde llegó ―¡qué orgulloso estaba de él!
A estas alturas, todo ello le seguía resultando asombroso todavía, pues ni la incertidumbre ni la inseguridad lo habían abandonado durante todo el camino. En su interior, una pregunta lo había perseguido constantemente: ―¿seré bueno? Hoy reflexionaba con la perspectiva de la experiencia y se compadecía de sus temores de juventud.
Todavía invadían su mente lejanas emociones ligadas a sus inolvidables experiencias en aquellos lugares que habían visitado. Desde la pasional acogida de la Habana y el sentir de sus músicos, los nostálgicos y adictivos aplausos bonaerenses, pasando por el clasicismo y perfeccionismo moscovita hasta la cadencia y sofisticación parisina. El conjunto de esos momentos disfrutados y compartidos los había unido si cabe más.
Pero todo se truncó una calurosa noche de junio. Adoraba aquella ciudad Nueva York. Fue un cúmulo de desafortunadas circunstancias las que hicieron que tuviera un nefasto final. Ni aquel conductor ni él pudieron evitarlo. Su brazo nunca volvería a ser el mismo. Se resistió, pero poco a poco fue perdiendo la batalla, como un candil en medio de la tempestad.
¿Qué sería de su vida sin él? Se sentía vacío. Lo había tenido todo y ahora no tenía nada.
Su mente volvía una y otra vez a la imagen del cuadro «el emigrante», de su buen amigo Alfonso. Pensaba en cómo podría sentirse aquel hombre que volvía a su hogar después de tanto tiempo y creía encontrarse igual: un extraño de vuelta a su casa, su tierra, profundamente solo.
Con esos pensamientos en su mente y un pesar que nunca lo abandonaría hasta el final de sus días, Manuel guardaba a su violín con ternura en la maleta. Se despidió con la frágil esperanza de un hasta pronto…

Imagen cortesía del Archivo Emilio Casares | Base de datos de iconografía musical en España (BIME)
iconografiamusical.es
«Bocaditos de Luna»
[A Carlos]
Relato publicado en la antología «Un viaje a la India desde el corazón. Fundación Vicente Ferrer»
Editorial Vive Libro | ISBN 8417392882
La más absoluta quietud acampaba a sus anchas por todos los rincones del vetusto edificio, una antigua fábrica de salazón reconvertida en residencia juvenil. El inmueble destacaba de entre las construcciones adyacentes como un grotesco personaje decorado con llamativos y variados colores en sintonía con la esencia de sus habitantes.
En su interior, el silencio permanecía inmutable soñando al igual que sus huéspedes. Un agudo e indolente crujido proveniente del piso inferior osó rasgar la calma «críiuuu…», como una sutil queja de los ajados muros ante el cansancio o quizá los años; el cual pasó inadvertido a todos los seres que allí habitaban, o a casi todos…
Fermín se despertó agitado. Inquietos sueños le habían hecho compañía durante la interminable noche; grandes y fantasmales criaturas lo perseguían incesantes para arrebatarle su receta secreta. Su piel todavía erizada recordaba la angustia, pero también la satisfacción de haber conseguido huir.
Desperezó su pequeño cuerpo y se dirigió presuroso al piso inferior, ansioso por comprobar el estado de su última gran creación culinaria. Esperaba impaciente el concurso de repostería creativa que había sido convocado dos meses antes. Si lo ganaba podría conseguir una beca para asistir a la mejor gastro-escuela del país y con ello llegar a ser un chef de reconocido prestigio, su anhelo desde la infancia. Se había criado entre fogones, para él cocinar, combinar, crear… era tan natural como respirar. No concebía su futuro sin ello.
Somnoliento y perdido entre sus sueños entró a la cocina. Despertó de golpe al descubrir con estupor que los deliciosos pastelillos de ruibarbo preparados con tanto esmero y dedicación, no estaban en el mostrador de la ventana dónde con delicadeza los había dejado reposar la noche anterior. En su lugar un conjunto de desvalidas migajas reposaban sobre la blonda, ajenas al turbador delito.
Examinó la estancia, escudriñando todos los recovecos en la búsqueda de alguna pista que le ayudase a encontrar al culpable de aquella afrenta. «¿Quién habrá sido el ladrón?» se preguntaba consternado. Comenzó a analizar y descartar a partes iguales. Sabía que Sabela, su mejor amiga y compañera de la asignatura de nutrición no había sido, pues odiaba el ruibarbo. Quizá Gustavo, su ex-compañero de habitación y gran rival, tal vez fuese él a sabiendas de que Fermín podría ganar el premio como mejor chef de la escuela. Del resto de compañeros no sabía qué opinar, permanecería alerta ante cualquier indicio de sospecha…
Decidió hacer guardia tras el portón de la despensa durante la siguiente noche para descubrir al goloso saqueador de pastelillos. Todavía faltaban un par de días para la gran final, por lo que confiaba resolver el enigma a tiempo y poder presentar su postre al jurado.
Horas más tarde permanecía acurrucado y vigilante en el interior de la alacena. Gracias a sus diminutas dimensiones pasaba desapercibido a cualquiera que pudiese acercarse a sus pasteles, primorosamente colocados en la repisa del ventanal, los cuales se veían completamente irresistibles iluminados por la luz de luna.
El tiempo transcurría. Tic-Tac. Las dos, las tres, las cuatro… las horas avanzaban sigilosas al igual que su sueño. Sus extremidades se iban adormeciendo paulatinamente y sus párpados jugueteaban a las escondidas hasta que, de repente, escuchó un ruido y se desveló bruscamente.
Rápidamente ojeó a través de la rendija del portón, y observó como Gustavo entraba en la cocina y se quedaba mirando fijamente los pastelillos. «Ajá, ya te tengo» pensó triunfante. Esperaba diligente a pillarlo con las manos literalmente en la masa y comprobar sus sospechas, pero en vez de eso Gustavo cogió un vaso, lo rellenó de agua y se fue de la cocina dejando a Fermín tan desolado como extrañado. «Seguro que me ha visto y por eso no ha hecho nada» dedujo al tiempo que decidió no abandonar la guardia por si su compañero se decidía a intentarlo de nuevo.
Dormía plácidamente en la despensa mientras los minutos avanzaban hasta que otro ruido volvió a sobresaltarlo. Alarmado, fijó de nuevo su vista en el objetivo. Observó extrañado como la estancia se iluminaba por completo para a continuación ver como la luna ataviada con un antifaz negro se colaba por la ventana y se comía un pastelillo. Veía cómo se relamía glotona mientras se zambullía en el plato a por más. Primero un mordisco, y después otro, y otro… hasta no dejar ni las migajas.
El tiempo pareció detenerse mientras contemplaba la escena totalmente embelesado e incrédulo. Al cabo de un breve instante la luna ratera se escabulló veloz, dejando momentáneamente la cocina en la más absoluta penumbra.
Incapaz de cerrar su minúscula boca ante el asombro y la magia que por veces la realidad le mostraba pensaba «nadie me va a creer si lo cuento».
Al cabo de un instante observando el plato vacío se levantó. Estaba decidido a preparar de nuevo sus pastelillos. Uno a uno, fue reuniendo todos los ingredientes encima del mostrador y los colocó en forma de media luna en torno al cuenco. Comenzó a añadir y mezclarlos con la misma dulzura y mimo con los que su abuela le había inculcado desde su más tierna edad. El principal ingrediente era el cariño, como ella solía decirle.
La débil luz que apenas se filtraba a través del ventanal iluminó la esperanzadora sonrisa que inundaba su cara «ya sé cómo voy a llamarlos: ¡Bocaditos de Luna!» pensó.

«Primera imagen conocida de la luna» daguerrotipo realizado por John W. Draper, el 26 de marzo de 1840 desde el observatorio de la Universidad de Nueva York
Imagen en dominio público, vía Wikipedia Commons
«Voz» [partes I a V]
[parte I]
«¿Encontrasteis el barco en el mar, rojas las velas, el mástil negro?
A bordo el hombre pálido, el señor del barco, vela sin paz»
[Fragmento de la ópera El holandés errante]
Canturreaba inquieta en voz baja en un esfuerzo por relajarse mientras esperaba. Era una canción popular que su madre había aprendido de los marineros del viejo puerto. Cuando eran pequeños acostumbraba a cantársela acompañada de alguna historia de miedo. A Liduvina y sus hermanos les fascinaba verla. Su madre había sido la mejor actriz del acuario.
Pero ahora sus nervios le ganaban la partida a pesar de los esfuerzos. Esa audición era vital; si conseguía el papel protagonista, su carrera despegaría definitivamente. Sería una de las sopranos más reconocidas de su especie y, quién sabe, quizá del mundo entero, pensaba excitada revolviéndose en su asiento.
Había estudiado con tesón todos los papeles de esa ópera, pero tenía verdadera esperanza de que la aceptaran para representar a Senta que, obsesionada por el Holandés Errante, muere de amor por él. «¡Morir de amor, tan romántico…!», pensó en voz alta sin darse cuenta. Unos ojos tan saltones como penetrantes la miraron desde la butaca de al lado. Fue breve, pues inmediatamente dirigieron su mirada hacia otro punto a su juicio más interesante.
No se amilanó. Conocía sus capacidades, su torrente de voz podía alcanzar los 230 decibelios si se lo proponía, lo cual le había provocado algún que otro percance que prefería olvidar.
Iba a entrar y demostrar de lo que era capaz. Lo formuló con tal intensidad que volvió a girarse cauta hacia su izquierda. La señora Cigarra permanecía ajena a todo, con esa mirada de solemnidad de quién se sabe ganadora.
― Liduvina, adelante ―dijeron en voz alta.
―¡Yo! ―respondió decidida.
Y así fue, como una cachalote, menuda pero decidida, se dirigió camino al éxito.

Imagen en dominio público. Cortesía de Smithsonian American Art Museum
Senta es un personaje de la ópera El holandés errante de Richard Wagner
[parte II]
Liduvina deambulaba sin rumbo por las callejuelas aledañas a la Plaza del Arrecife. Sus diminutas aletas se deslizaban pesarosas por el asfalto. Estaba derrotada. Volvían a echarla del trabajo, y siempre por la misma causa, su estridente voz.
De repente un papel aterrizó frente a ella. Ojeó a su alrededor comprobando de donde venía, pero la calle estaba extrañamente vacía. Parecía un folleto publicitario, se agachó curiosa y lo recogió:
| LA IMPORTANCIA DE LA VOZ ¿Quieres saber hasta dónde puede llevarte? Taller de voz y vocalización teórico-práctica Impartido por el famoso ventrílocuo Faustino Altavoz ¡Últimas plazas! Apúntate 012 357 856 016 Rampa Abisal, vivero 7 – Atlantic City |
En el centro del anuncio aparecía la cara del tal Faustino, supuso. Lo observó detenidamente. Era un Lobo Gris cuyos ojos la miraban penetrantemente, parecía dirigirse a ella. «¿Hasta dónde puede llevarme mi voz?» se preguntó, «pues por ahora a ningún sitio…» se lamentó.
Ése era precisamente el motivo por el que la habían despedido de los tres últimos trabajos. En el primero había trabajado en la venta de entradas de un show acuático. La cabina era tan pequeña y tan mal insonorizada que se veía obligada a alzar demasiado la voz para escuchar a los clientes, y después de varios percances el vidrio de la cabina se había roto en diferentes ocasiones. En el segundo probó como tele-operadora en la venta de productos para piscinas, duró muy poco porque los clientes se quejaban continuamente de su tono de voz. Y hasta ese día había trabajado como camarera en un restaurante de comida rápida, el sitio en el que más había durado y se había sentido realmente a gusto. El problema había sido que en determinadas ocasiones cuando cantaba las comandas a la cocina se dejaba llevar, hasta ese día en el que la cocinera se había desmayado, exhausta. Trauma acústico les había dicho el doctor…
«Tengo que aprender a controlar mi voz» se propuso. Estaba desesperada. Volvió a ojear el papel y se decidió. Localizó una cabina de telefonía y marcó los números con determinación. Al primer tono de la línea se arrepintió. Iba a colgar el aparato cuando una vigorosa voz respondió:
―Faustino Altavoz al habla.
―Hola Faustino, me llamo Liduvina. Llamo por tu anuncio del taller que impartes. Tengo problemas para controlar mi voz ―expuso dubitativa.
―Entiendo. Pues has llamado a la persona indicada. Para aprender a controlarla, primero debes aprender sobre la importancia de la misma. Créeme, eso cambiará tu vida.
Liduvina permaneció en silencio unos minutos, intentando analizar todo aquello.
―¿Cuándo empezamos? ―la interrumpió.
―¿Mañana? ―respondió sin pensar.
―De acuerdo Liduvina. Nos vemos mañana. Prepárate para el cambio, no te arrepentirás ―dicho esto colgó el auricular.
Se quedó parada en la cabina, reflexionando sobre lo que acaba de suceder. La inicial incertidumbre se transformó en inesperada ilusión.
«Quién sabe, quizá a partir de mañana comience una nueva vida» recapacitó e ilusionada tomó rumbo a casa.
[parte III] «El día que conocí a Liduvina»
El día que conocí a Liduvina, no lo olvidaré. Es más, aún lo recuerdo perfectamente.
Yo me había apuntado a un taller de Faustino Altavoz, un ventrílocuo famoso y muy bueno en lo suyo: trabajar la voz.
Las primeras sesiones eran individuales. En ellas aprendí la importancia de la voz, el cómo cuidarla, cómo potenciarla… En definitiva, saber controlarla y descubrir hasta dónde puede llevarnos.
El motivo por el que me había apuntado era porque desde la infancia siempre he tenido complejo con mi voz. Tener un tono tan débil como es mi caso, me había traído más de un problema: me sentía con frecuencia ignorada o mal interpretada. A lo largo de los años la frustración aumentó hasta el punto de aislarme cada vez más en mi cómoda burbuja.
Aquel taller era una esperanza y estaba resultando todo un descubrimiento a medida que avanzaba. Las últimas dos sesiones eran grupales. En ellas conocí al resto de compañeros, entre ellos a Liduvina. Una cachalote menuda, cuya tímida sonrisa me ganó nada más verla. Desde el primer momento nos entendimos y ayudamos entre nosotras a la perfección. Bromeábamos sobre nuestros problemas con la voz, cuestión que nos había unido. «Unas por mucho, otras por poco…» nos decíamos con frecuencia.
En ese curso aprendí a potenciar mi voz, a no callarme, a hacerme oír. Perder ese miedo fue liberador. Faustino nos dijo que debíamos realizar una declaración de rendimiento y propósito. La mía fue estudiar periodismo y dedicar mi vida a poner voz a aquellos que no tienen. Liduvina aprendió a dominar la suya y a potenciarla según el enfoque. Su propósito fue apuntarse a clase de canto y dedicar su vida a ello.
Diez años más tarde vuelvo al periódico en el que comencé mi andadura periodística para este pequeño homenaje. Ella se ha convertido en una cantante de ópera más que reconocida, de la que he escrito múltiples crónicas de sus éxitos. Yo me dedico a recorrer el mundo con mi cámara poniendo voz a otros que no pueden o no tiene la posibilidad.
Convertimos nuestras debilidades en fortalezas y herramientas para el éxito personal.
Estas humildes líneas pretenden ser inspiración para las nuevas generaciones.
Vosotros también podéis.
No ignoréis a vuestra voz interior, permitid que sea vuestro timonel ante el oleaje.
Atalaya Babor, para «La cotorra de Atlantic City»
[parte IV] «La pecera»
Escuchaba absorto como la lluvia estallaba rabiosa contra el cristal mientras observaba el horizonte. El chubasco era copioso en exceso, resultaba difícil distinguir donde finalizaba el mar y donde la lluvia, parecían ser uno. Al fin y al cabo eran origen y final, pensaba Faustino mientras se giraba y comenzaba a recorrer la estancia, examinándola.
Comprobaba mentalmente que todo estuviese listo para el primer día del taller. Ese lugar transmitía paz, le había costado encontrarlo y reformarlo, pero con mucho esfuerzo lo había conseguido. Lo observó con satisfacción: era un bajo de la zona portuaria, del cual tres cuartas partes se adentraban en el agua hasta el metro de altura aproximadamente. Pese a las contrariedades, había puesto especial empeño en que un gran porcentaje se contruyese íntegramente en vidrio. Concebía el taller como una pecera gigante que aislase y protegiese a partes iguales. Y lo consiguió. Se sentía especialmente orgulloso de ello «ex nihilo nihil fit»[1] dijo en voz baja, cita que se había apropiado y utilizaba en todos sus seminarios.
Alineó las sillas cual tablero de ajedrez y repasó por última vez el listado de asistentes, nombre por nombre. Atalaya, sí aquella humana con el típico complejo de voz recordó. Liduvina, de la que no sabía nada, solo aquella extraña llamada ¿qué problema traería? Casi todos solían arrastrar un buen lastre de dudas y miedos que él conseguía solucionar. Era muy bueno, afirmó burlando a su inexistente modestia.
Siguió con la lista. Leyó varios nombres que no le decían absolutamente nada, hasta que se paró en seco, alarmado. «¿Matilde? No, no puede ser» se dijo. Volvió a comprobar los datos del formulario con la esperanza de haberse confundido pero para su desdicha no había duda. Efectivamente era ella, una cigarra aspirante a soprano y demasiado pagada de sí misma que se apuntaba a todo lo que Faustino organizaba. ¡Un verdadero dolor de colmillos! Con suerte se cansaría en un par de sesiones y no volvería.
Sonó el timbre liberándolo bruscamente de sus pensamientos. Anunciaba la llegada de los asistentes más madrugadores.
«Arriba el telón…» dijo en voz alta atusándose el pelaje con gesto teatral y dirigiéndose a la puerta.
[1] «Nada surge de la nada» [Parménides, 500 a.C]
[parte V] «Maremágnum»
En una imaginaria batalla entre el agotamiento y el raciocinio, sabía que el primero ganaría la batalla contra todo pronóstico. Aquel turno se le estaba antojando excesivamente largo. Disimulando se irguió en el taburete, pero en el proceso tiró una pila de folletos, esparciéndose éstos por dentro y fuera de la cabina.
Observó a su alrededor confiando en que nadie hubiese reparado en ello. Era imposible pues su torpeza era inversamente proporcional a su diminuta altura. Al fondo del vestíbulo atisbó una manada de jurelillos que se habían fijado en su proeza mientras jugaban a las pompas. Podía ver cómo se reían de ella hinchando sus irrisorias ventrescas. Al otro lado, una pareja de dálmatas interrumpió su paseo y la observaban compadeciéndola.
Sintió un calor incipiente que provenía de alguna parte de su cuerpo. Sus escamas no podían ser de un color más morado, color que no le disgustaba por cierto. Recordaba la de veces que había intentado sin éxito conseguirlo con colorete para alguna que otra cita. Rápidamente recogió los folletos y se refugió dentro de la cabina.
Su breve tranquilidad fue interrumpida por un cliente:
―Por favor, una entrada para el Show de las Sirenas de las 18:45 ―dijo una pequeña comadreja revisando el programa que sostenía entre sus extremidades. Su tono de voz era extrañamente bajo.
Liduvina, se alarmó. Todavía podía recordar una escena de su primer día con un par de jirafas, que por suerte había conseguido resolver a través de gestos.
―Disculpe no le he escuchado bien. ¿Sería tan amable de repetir?
En respuesta, una mirada totalmente reprobatoria. A pesar de su tamaño aquella comadreja conseguía intimidarla.
―Show de las Sirenas, 18:45 ―respondió ofendida y con un tono irritantemente bajo.
Sintió el calor, ascendía por su espalda. «Paciencia», se dijo.
―De verdad, perdóneme esta cabina está tan bien insonorizada que no le escucho.
La comadreja inclinó sus lentes y la miró por encima de ellas, altiva y arrogante.
―Sirenas, 18:45 ―contestó sin inmutarse.
Sentía hervir sus aletas. Aguantó la respiración durante unos minutos como su madre le enseñó. Pero la desesperación ganó la batalla y liberó su pulmón gritando:
―¡Qué no le escucho! ¡Puede dejar de hablar a medio hocico y decirme qué quiere! ¡Por favooor!
Se había arrepentido antes de terminar de decirlo. Una vez más, había perdido el control y sabía lo que conllevaba. Salió de la cabina previendo el resultado. La comadreja se alejó con desconfianza.
Comenzó con pequeñas explosiones a través del cristal, pero creció gradualmente hasta que la totalidad de la cabina se resquebrajase por el suelo. En pocos minutos el vidrio disperso y mezclado con los folletos acampaba por el amplio vestíbulo.
Sentía todas las miradas clavadas en ella. El fuego se había apaciguado pero el sonrojo se negaba a irse, permaneciendo en todas y cada una de sus escamas.
Su jefe, un león marino con adicción a los arenques, apareció alarmado:
―Pero Liduvina, ¿otra vez?
Las palabras no querían salir. Incapaz de responder, solo pensaba: «¡Agua trágame…!»

«Mermaids» (Sirenas) de Gustav Klimt, 1899
Imagen en dominio público. Cortesía de klimtgallery.org
«Voz» [partes VI a IX]
[parte VI] «Contradicciones»
Observaba al resto de participantes abandonando la sala. Percibía su grado de entusiasmo en general pero era incapaz de contagiarse de ello. «¿Dónde me he metido? ¿Cómo creía que va a resultar?», se preguntaba mientras se acercaba dubitativa a él.
—Disculpa Faustino. ¿Tienes un minuto? Querría comentarte algo.
—Por supuesto. Un momento —respondió el profesor mientras intentaba sin éxito despedirse de otra asistente que le preguntaba algo de forma insistente.
Liduvina la observó. Por su pose y el extravagante gorro cubierto de raíces que portaba, más que una cigarra parecía un pavo real. Faustino parecía imperturbable a no ser por el imperceptible movimiento de su cola que ella pudo apreciar. En unos minutos despidió a la cigarra real y centró toda su atención en ella.
—Liduvina, ¿verdad?
—Sí.
—Coméntame, ¿qué sucede?
—Esto… Quería pedirte disculpas. Me temo que no voy a poder continuar en este taller.
—Tú decides. Pero, ¿podría saber cuál es el motivo?
—Esto… No sé cómo explicarlo…
—¿Y si pruebas con palabras? —El tono de su voz denotaba autoridad.
Indecisa, evaluó el espacio con especial atención en las paredes de vidrio.
—Mi voz es un peligro —afirmó rotunda. Lo consideraba un buen resumen pero al advertir la mirada interrogativa de Faustino, convino detallar más.
—La potencia de mi voz es extremadamente alta. Ello me ha provocado algunos problemas graves y no deseo poner en peligro a nadie aquí —señaló con la cabeza las paredes y las observó quedamente.
—Entiendo. Si te digo que eso no es un problema y que no te preocupes por ello, ¿qué harías? —respondió desviando su atención.
Liduvina agachó la cabeza vacilante sin saber qué responder.
—Acércate y siéntate —ordenó colocando un par de sillas frente a la pared central.
Ella obedeció y Faustino la imitó. Permanecieron unos instantes en silencio, observando cómo la lluvia golpeaba rítmicamente el cristal hasta que él comenzó a hablar con tono solemne, como si hubiese decidido confiarle un secreto.
—Tu voz habla de ti, explica quién eres. Está determinada por cómo has crecido, tus creencias, tus pasiones… pero también por tus miedos.
Liduvina apartó la mirada de la pared y lo observó, instándolo a continuar.
—Algunas voces pueden parecer inarmónicas porque como seres vivos nos motivan infinidad de cosas. Algunas incluso contradictorias. Es parte de nuestra naturaleza. Tu voz puede ser transparente o puede responder a necesidades disfrazadas que encubren un carácter modelado para gustar. Muchos lo tienen claro desde el principio, pero otros no tienen ni idea y comienzan a buscar su propia voz. En realidad no hay búsqueda, ya está ahí, lo que tienes que hacer es saber escucharla. Piensa en ello Liduvina. Puedes decidir volver o puedes resignarte con tu vida tal y como está. Al fin y al cabo quizá sea lo que mereces, ¿no? —dijo con dureza sin esperar respuesta.
Él se levantó y abandonó la sala sin despedirse, dejándola sola frente aquella pared. La observó fijamente. Era una contradicción, aparentemente frágil pero en esencia extremadamente resistente.
«Y yo, ¿cómo soy yo?», se preguntó.

«La Metamorfosis de Narciso», Salvador Dalí 1937, Tate Modern, Londres
Imagen en dominio público. Cortesía de cafeconvertes.com
[parte VII] «¿Por qué?»
Liduvina reflexionaba cabizbaja, caminando en círculos concéntricos a lo largo y ancho de su minúsculo camarote. No había pasado la audición para formar parte del Orfeón Naval. Lo peor sin duda había sido ver el semblante de su madre, decepcionada por enésima vez. Se sentía zozobrar en una realidad atiborrada de injusticias mientras gimoteaba a viva voz:
«¿Por qué me ha hecho eso Cordelia? No entiendo porqué precisamente en los momentos más críticos me quedo sin voz. Ella lo sabe, por eso durante la prueba me ha hecho cantar la primera. Ni una mustia nota ha aflorado de mí. Es como en esos sueños, demasiado frecuentes, en los que quiero gritar, correr, huir… pero no soy capaz y me quedo completamente paralizada. Menos mal que esto no ha sido un sueño, aunque, ¿realmente no sería mejor que lo hubiese sido? Quizá. En esta realidad, mis aletas me permitieron escabullirme rauda y veloz como si el mismo Leviatán me persiguiese.
¿Por qué se me erizan las escamas y obturan las branquias cuando debo hacer algo que me exponga? Me inhibe una temible angustia que no sé cómo controlar. Todo lo que me rodea es un abisal y potencial peligro. ¡Cómo envidio a mi prima Cordelia, ella sí tiene desparpajo y destaca en todo lo que se propone!
¿Por qué funciono al revés? ¿Por qué cuando tengo miedo de mi boca no sale ni un triste chasquido pero cuando estoy enfadada puedo llegar a provocar pequeños maremotos? Tenía su gracia cuando era pequeña y lo utilizaba para jugar a las olas en la playa, pero ya no la tiene. Ya no soy una alevín. Soy casi adulta y como casi adulta debo comportarme de acuerdo a lo que se supone que es eso. Pero, ¿cómo hace una para madurar? Piensa Liduvina, piensa… Tiene que haber algún modo, no puede ser tan complicado. Le preguntaré a Cordelia. No, paso. Seguro que me lo dice al revés. También puedo preguntarle y hacer lo contrario a lo que me indique, no sé. O también puedo preguntarle lo contrario y hacer lo opuesto a lo contrario. ¡Qué lío…! ¡No es fácil ser maduro!
¿Por qué no sé qué hacer con mi vida? Quiero que mi madre esté tan orgullosa de mí como lo está de mis hermanos. Ellos han seguido sus vocaciones con éxito: un hidrólogo, un agente marino, un acuicultor y un pirata. Soy la más pequeña, en años y en altura, eso no es excusa, ¿no? Es que vuelvo a recordar la cara de mamá y… »
—Cariño, ¿estás ahí? ¿con quién hablas? —Preguntó una suave voz al otro lado de la puerta.
Liduvina se quedó inmóvil, «¿por qué abro la boca cuando no debo? ¡Qué vergüenza! ¿Qué habrá escuchado mamá?». Sigilosamente se fue alejando de la puerta hacia el portillo del camarote sin reparar en una estrella marina musical olvidada en el suelo, la cual crujió bajo el inevitable peso de sus aletas emitiendo una fallida melodía. «¿Por qué?», se preguntó
[parte VIII] «Porque»
He permanecido en el pasillo escuchando tus lamentos hasta que finalmente he entrado y te he visto, cargando con un pesado abrigo repleto de miedos. Tan menuda y tan frágil…
No los ocultes tras una puerta, manifiéstalos. No hay peor miedo que aquel que no expresas y acabas escondiendo en tu corazón. Los miedos existen y no debes avergonzarte, si no aceptarlos y superarlos. Ama tus rarezas, si las hubiese.
¿Te puedes imaginar cómo me afligió contemplar tu cara de pánico en la audición? Sentí angustia por tu dolor. No debes compararte nin con tu prima Cordelia, ni con nadie. Nunca lo hagas, por favor. Tú tienes tu propia esencia, diferente a ella y a los demás. Sé que me tomas como tu modelo seguir. Pero tú, pequeña, no tienes que ser yo, simplemente tienes que ser tú, es lo que quiero que entiendas.
Hay tanto dentro de ti que no alcanzas a ver… Pero créeme, aflorará cuando estés preparada y se lo permitas. Eres apenas una alevina y sé que no me crees en este momento, pero siempre he confiado en ti y lo sigo haciendo. Llegará el día en que te conviertas en un ser del que estaré enormemente orgullosa.
¿Recuerdas cuando comenzaste a dar tus primeras zambullidas? Al principio te aterraba y provocaba tanto pánico que eras incapaz de sumergirte sola. Tu padre, yo misma o incluso tus hermanos debíamos acompañarte y te aferrabas a nosotros con toda la fuerza que tus pequeñas aletas te permitían. Pero el tiempo pasó y con él aquellos miedos, que también se sumergieron para no volver. En nada, te convertiste en el centro de atención del Arrecife. Todavía me cruzo con alguno de nuestros vecinos de aquella época que me preguntan por ti y por tus acrobacias. ¿Te acuerdas de Simbad, el que vendía los granizados de atún que tanto te gustaban? Pues es uno de ellos.
Sí, hija. Así quiero verte: sonriendo.
Eres muy joven todavía, es normal que no sepas qué quieres hacer con tu vida. Que eso no te angustie ni enmudezca cuando se presente la ocasión. Tu voz es extraordinaria, lo sé y tú también lo sabrás llegado el momento. Confía en ti misma como yo lo hago. Tus hermanos han marcado su rumbo y lo han seguido, tú también lo harás.
¿Recuerdas el poema sobre el miedo que tu padre os recitaba?
«Un Sapo tropezó con él,
las Sardinillas le huyeron,
un Mancha muy vago se sentó sobre él,
una Barracuda lo usó como arma,
un Salmón se aventuró con él,
Perseo lo derrotó y el Kraken lo utilizó,
e incluso las Sirenas compusieron bellas canciones con él».
Sientes que el miedo te frena, pero no es él, eres tú. No hay miedo que no puedas aprovechar para crecer, utilízalo.
No busques porqués. Porque tú conseguirás lo que te propongas.
[parte IX] «La Magnífica»
Obstinados nervios reclamaban su atención pero los mantenía a distancia. Aprovechó para cerrar los ojos y percibir cómo violines y violas se divertían. Sus cuerdas vocales latían al ritmo de su corazón, se sincronizaban nota a nota, mientras sus escamas repicaban al son de la cantata mediante leves aleteos.
Con paso firme y decidido se aproximó al centro del palco al son de la melodía. Sentía la seda de su vestido deslizándose suavemente tras sus pasos, envolviéndola. Sus compañeros le cedieron el lugar en el centro del escenario. Mientras esperaba a la señal para su entrada, sus aletas tintineaban expectantes. En ocasiones, las luces la cegaban pero no le importaba, había llegado su gran momento.
Su viaje se inició con «Senta» y ahora por fin había conseguido un papel estelar en el Gran Teatro de Ultramar con la Filarmónica del Oceánico. Era un escenario emblemático. De ahí habían salido ilustres sopranos como Marea Callas «la Divina», o Montserrat Caballa «la Superba», a las que admiraba profundamente. Liduvina soñaba que algún día ella también tendría un sobrenombre como aquellas, fantaseaba sobre cuál sería. Atalaya bromeaba diciéndole que la llamarían «la Soñadora» porque su voz hacía soñar. ¡Cuánto quería a su fiel amiga y cuánto le debía! Su interior sonrió, no podía verla pero sabía que estaba entre el público al igual que Faustino, su madre y sus hermanos.
El foco la alumbró, era la hora. El tejido de su vestido refulgió bajo la luz, ella también.
Se aisló de todo menos de la música, dejándola fluir a través suyo como Faustino le había enseñado, abriendo su corazón, sus pulmones y su voz:
«Magnificat anima mea Dominum,
et exultavit spiritus meus
in Deo salutari meo,
quia respexit humilitatem ancillae suae.
Ecce enim ex hoc beatam me dicent
omnes generationes…»[1]
El sentimiento religioso era ajeno a ella, pero todas y cada una de aquellas palabras brotaron de su interior con verdadero fervor y autenticidad. Al cantar sentía la alegría de María, la protagonista, ante la visita a su prima Isabel, ambas en estado de buena esperanza.
Perdió la noción del tiempo mientras duró la interpretación, con el coro, el resto de solistas e incluso sola. Lo disfrutó con pasión. Por fin comprendía cuál era su propósito, el camino había sido largo pero había valido la pena. Quería dedicarse a ello para el resto de su vida.
Los aplausos la despertaron de su ensoñación al tiempo que un pequeño ruiseñor les ofrecía un ramo de guirnaldas a ella y sus compañeras. Contempló como el público se levantaba y seguía aplaudiendo. Muriel, su compañera, se acercó:
―¿Los escuchas Liduvina? Es por ti ―le dijo asombrada. La observó. Era un gacela realmente petulante pero en ese momento se veía tan impresionada como ella.
Se adelantó para corresponder a la creciente ovación.
―¡Magnífica! ¡Magnífica! ¡Magnífica!… ―coreaban entusiasmados tirándole laureles.
Se inclinó hacia ellos escuchándolos conmovida. Sentía su admiración pero sobre todo su cariño.
Y lloró lágrimas de felicidad.
Así fue, como un pequeña cachalote consiguió su sobrenombre y con él su verdadero lugar en el mundo.
[1] Cantata «Magnificat – BWV 243A», de Johann Sebastian Bach
Imagínate a Liduvina cantando así 😉
«Rebajar»
La sala del café está vacía, no se escucha ruido. Ese silencio es interrumpido por un timbre que suena agudo y continuo. Unos minutos más tarde, entran dos mujeres que se sitúan en la cercanía de la máquina dispensadora de café.
Mientras esperan a que la máquina vaya haciendo los cafés conversan:
―Julia, ¿qué tal con Luis el de expediciones? ―pregunta una de ellas mientras selecciona su bebida en la máquina.
―Fatal, me tiene harta, ¡un día vamos a acabar mal! Lo de siempre, es el responsable pero de palabra, ya sabes. Las rutas están descoordinadas, no salen en tiempo, los clientes nos llaman de todo por los retrasos, y con razón, que eso es lo peor… ¿Por qué lo preguntas Dora? ¿se escuchaban los gritos en vuestra oficina? ―Pregunta a su vez mientras recoge el café de Dora, se lo pasa y selecciona el suyo.
―La verdad es que se escuchaba algo y nos preocupó. Pero vino María de vuestra oficina y me dijo que nada, una simple discusión, ya sabes… ―respondió mientras ladeaba la cabeza.
―Esta mujer desespera a un santo. Yo nunca sé cuando habla en serio y cuando no. Y no sabes la que hizo hoy. Resulta que llaman los de Suárez para preguntar sobre la fecha aproximada de recepción de un pedido. Pedido que por cierto no está puesto ni en producción, desconozco la razón. Pues va ella y les responde que mañana lo recibirán sin consultar. Empezamos a discutir Luis y yo entre otras cosas por ello, porque ya sabes que a la menda es a la que le toca luego el marrón y de repente coge y desaparece ―dijo encogiendo los brazos―. Anda, aquí la tenemos ―añadió mientras se giraba hacia la persona que entraba en ese momento y se acercaba a la máquina.
Observaron como sacaba de su bolsillo una llave que introdujo en la expendedora para a continuación seleccionar el café.
El silencio continuaba, entrecortado por los ruidos que la máquina emitía mientras molía el grano, filtraba el café y vertía la leche. Las tres lo observaban sin hablarse.
Cuando iba a recoger su bebida Julia la agarra del brazo y le comentó.
―María, así que la discusión de esta mañana, no fue nada, ¿verdad? ¿y lo del pedido de Galerías Suárez? Desde luego tienes una visión muy particular de la realidad. A veces creo que eres incapaz de decir la verdad. ¿Por qué? ―pregunta mientras le suelta el brazo.
―¿Incapaz?. No, no te entiendo. Es que vosotros los exageráis todo tanto. Yo no miento, simplemente rebajo la verdad, la suavizo… ―le contestó y empezó a soplar sobre su vaso para a continuación beber un sorbo e irse.
Suena nuevamente el timbre, Dora y Julia se miraron y encogiéndose de hombros terminaron sus bebidas y abandonaron la sala.

«Le mensonge / La mentira (1898), Félix Vallotton»
Imagen en dominio público, vía Wikipedia Commons
Cuando vi por primera vez este cuadro (estudiando 🙂 ) me fascinó el uso del color y cómo a través de él nos muestra la escena, intrigante, misteriosa. Me imaginaba qué se estarían contando…
Detrás de esta obra hay mucha especulación y controversia, ya que se desconocen muchos detalles sobre su creación y su significado.
«Melchor, el domador»
Desde niño había codiciado la fama, se veía rodeado de ella, desenvuelto, exitoso, dominante… Pero se había apeado al principio del camino. Lo único que podría decirse que dominaba era su trabajo, y, a veces ni eso, su trabajo terminaba dominándolo a él.
Había intentando alcanzarla a través de la escritura, pero hacía meses que no escribía ni una línea. Se preguntaba para qué hacerlo, para a continuación, responderse con la obviedad más absoluta: era un mediocre escritor, y lo aceptaba definitivamente.
Su afanosa búsqueda de experiencias y huida de la monotonía, le habían hecho acabar en aquel circo decrépito. Había sido una de esas malas decisiones que acaban cruzando los renglones de la vida, que él suponía paralelos. «Vaya estupidez», se decía día tras día.
Cometer errores era lo que mejor sabía hacer Melchor. Quizá por ello recordaba tan bien lo único realmente valioso que había hecho: ayudar a aquella pequeña leona a huir del circo en el que había acabado. Se llamaba Dulce. La recordaba muy bien, pues había iluminado su anodina existencia el poco tiempo que compartieron juntos.
Había llegado allí raptada por los dueños de aquel circo llamado Oz, en honor a sus antepasados australianos. Sin embargo, vendían la historia como la popular fábula. Siempre fueron y serían unos magníficos estafadores.
Dulce era una cachorra, llena de vida y de ilusión, tan al contrario de lo que lo era él. A pesar de su situación y de su miedo a los humanos, nunca perdía su sonrisa. Recordaba que incluso llegó a solicitar el participar en el show del hombre bala, pues decía que tenía dotes para volar.
Melchor echaba de menos esos debates que solían tener antes de irse a dormir. Disfrutaba haciéndola razonar pues era avispada e inteligente. Los demás integrantes del circo estaban como él, atrapados, y las escasas conversaciones que surgían no pasaban de saludos y de cuestiones sobre el trabajo.
Pero en uno de esos días en principio ordinarios, algo cambió la tranquila monotonía de los cautivos de aquel circo. Un fallido número cuya consecuencia fue un desmesurado castigo de Dulce por parte de los jefes, acabó por convencerlo de que ella no podía malgastar su existencia en aquel lugar. Semanas más tarde, consiguió sabotear los cerrojos de su jaula y la ayudó a escapar en plena noche.
Nunca volvió a verla pero sabe con seguridad que esté donde esté, será infinitamente más feliz que en ese lugar. Quién sabe, quizá algún día consiga volar como afirmaba.

«Anfiteatro Ashtley’s» grabado realizado por August Pugin & Thomas Rowlandson, 1808
Imagen en dominio público cortesía de 57-1633, Houghton Library, Harvard University
En 1773 se construyó este teatro en Londres, se considera la primera pista de circo moderno. Fue incendiado y se reconstruyó varias veces, pasando por diferentes manos. Hoy en día no queda rastro del mismo, solo una placa conmemorativa en el jardín del St Thomas’s Hospital como recordatorio de que estuvo en ese lugar.
Si leíste Emma de Jane Austen, y haces memoria, en la parte que Mr. Knightley le explica a Emma cómo se comprometen Harriet y Robert, pues parte sucede en al Anfiteatro Ashtley’s 🙂
«Altaïr»
Mientras esperaba a que Amargo volviese de su ronda habitual por los estanques, Dulce aprovechaba para desperezarse sobre el mullido césped que Pepe, el jardinero, había retocado el día antes. Solía bromear con él sobre cuál era la altura exacta para obtener un óptimo descanso. No muy corto, pues las irregularidades del terreno se revelaban contra su espalda. Tampoco demasiado alto, ya que alguna que otra garrapata, a la que le tenía ojeriza, esperaba ansiosa echarle las garras. No le preocupaba, ella sabía cómo deshacerse de semejantes parásitos.
Permanecía relajada bajo la sombra del abedul hasta que un repentino recuerdo invadió su descanso. No recordaba a quién, pero sí el haber escuchado en alguna conversación que el nombre era fundamental en la vida de un ser vivo: influía en la personalidad del mismo. «¿Lo sería el suyo?», se preguntaba.
Melchor, el domador del circo Oz, le había contado en su día que su nombre venía del latín cuya forma original era dulcis. Sobre el significado no había aportado nada nuevo: de sabor agradable y dulce. Le había regalado un libro sobre las historias de los nombres, el cual había devorado exhaustivamente. En él se decía que los seres llamados Dulce tenía un talento especial para la composición musical o poética. «¡Ja!», rugió en un tono excesivamente fiero. Una pareja de tórtolas que descansaba en una de las ramas huyó despavorida.
No se había sentido identificada, no le interesaba. Lo que quería y para lo que sabía que tenía dotes, era para volar. Era osada, valiente y determinada, así se veía. Y lo conseguiría, volaría. De hecho, acababa de considerar que cambiarse el nombre quizá fuese un buen comienzo. Durante un rato discurrió y desechó a partes iguales, posibles nombres. Pero llegó antes a ella el sueño que una solución, y así se quedó.
Amargo se aproximó y se acostó a su lado sin decir nada. Su ronda por el estanque se había complicado por culpa de una pelea entre una nueva familia de suricatos y Luigi, el chacal. Le irritaba en exceso hacerlo, pero poner orden era su función.
—¡Altaïr! —Exclamó Dulce despertándose de golpe.
—¿Estás bien? —Inquirió Amargo sorprendido.
—¡Estupendamente! De hoy en adelante me llamaré Altaïr —exclamó solemne.
—Muy bien Altaïr. Creo que has dormido demasiado, perezosa —respondió empujándola divertido y juguetón con las patas, mientras observó sorprendido cómo una pareja de tórtolas se aproximaba extrañamente cautelosa hasta reposar silenciosa sobre una rama.

«Circo dos muchachos» Ourense
Imagen en dominio público, vía Wikipedia Commons
Fue la primera escuela circense que se creó en España (y segunda de Europa) en los años 60 por el padre Silva. Se instaló en Benposta (Ourense), llegó a tener más de 300 niñxs y estuvo en funcionamiento hasta el 2003. Era un proyecto educativo para niñxs sin recursos, que se basaba en la «Ciudad de los muchachos» fundada en 1917 en Nebraska (EEUU), en España hubo otro proyecto similar en Barcelona.
«Cielo de cristal»
[A Lucía y su infinita ilusión]
El antiguo invernadero, majestuoso, reposaba exhausto sobre la colina. Cuando éramos pequeños nos entreteníamos imaginándonos qué tipo de animal sería si pudiésemos darle vida. En la mayoría de las ocasiones yo apostaba que sería una tortuga: inamovible, vetusta, imponente y del mismo modo, cándida. Lucía mi amiga inseparable de la infancia, defendía a ultranza que sería una mariquita: elegante, ligera y coqueta. Del resto de amigos no alcanzaba a recordar, quizá porque nunca lograron convencerme.
El espacio era tan diáfano y transparente que por momentos conseguía mimetizarse con su entorno. Su geometría era armónica, suave y etérea, compuesta en su mayor parte por grandes cristales curvados rodeados de suntuosas vigas de hierro forjado. A su alrededor, en la loma, había un manto de hierba fina que exaltaba su protagonismo. En la lejanía, el mar.
Disfrutábamos pasando las tardes en aquel lugar. Contemplar el cielo desde cualquier punto del invernadero se convertía en una auténtica experiencia, sobre todo durante la noche y en aquella época del año en especial: el verano.
En días de fuertes tormentas aguantaba estoicamente. Se convertía en un inquietante enrejado de vidrio e hierro que plantaba cara a la avalancha de rayos de forma quijotesca. Era aterrador pero, al mismo tiempo, excitante. En determinadas ocasiones el estruendo y fuerza de los truenos eran tan ensordecedores que nos impresionaban. El susto permanecía en el cuerpo durante días pero no nos frenaba. En esas jornadas lúgubres, los más osados nos atrevíamos a ir allí a jugar al escondite o a cualquier otro juego que se nos ocurriese.
Caminar por entre aquella selva vegetal bajo la escasa iluminación se convertía en algo totalmente escalofriante. Entonces aparecían esos personajes oscuros, deformes e inmensos que, iluminados débilmente por los escasos rayos que caían a lo lejos, eran sobrecogedores. Cuando jugábamos a las guerras piratas, aquellas plantas por el día verdes y joviales se convertían en esos momentos en verdaderas trincheras. El enemigo debía cruzar aquel infranqueable mar vegetal, oscuro y serpenteante, llegar al buque, conquistar el timón en lo alto de los bancos y tras una lucha encarnizada de azadas y rastrillos, conquistar el barco, conseguir la victoria y con ello el tesoro y la gloria.
En otras ocasiones, cuando la lluvia caía débilmente y alternaba a ratos con el sol, a Lucía y a mí nos encantaba recostarnos sobre las losetas cerámicas del pavimento. Nos aprovechábamos del suelo templado por el sol. Recordaba especialmente esa sensación de calor reconfortante en la espalda. A través del techo veíamos las gotas que avanzaban hacia nosotros pero no nos mojaban, eso nos fascinaba: nos sentíamos protegidas por el caparazón de cristal. En otros momentos disfrutábamos escuchando el repiqueteo de la lluvia contra la cubierta, cerrábamos los ojos y nos perdíamos creando melodías al ritmo de la misma, o nos ayudábamos de las plantas para crear sonidos realmente increíbles.
Pero lo que más nos gustaba, y esperábamos con impaciencia, era la llegada del arcoíris. No sé si alguna vez habéis podido contemplar uno desde dentro un invernadero, pero la experiencia es mágica. Ver cómo ese espectro de luces de colores cruzaba el cristal y se desdoblaba iluminando toda la espesura de diferentes tonalidades verdosas era fascinante. Las plantas parecían cobrar vida, recordándonos a las primeras películas en blanco y negro coloreadas: parecían irreales. En alguna ocasión se nos ocurrió colocar algunos espejos y el efecto se triplicaba. Nos imaginábamos en algún paraje extraterrestre, exótico e insólito. Era muy divertido, aunque de igual modo, demasiado breve.
Por contra, en días de sol, su interior transmitía una quietud tal, que tenías que obligarte a recordar que el tiempo no aminoraba su paso. Ello se acentuaba cuando el sol se despedía furtivamente y de repente aparecía la luna; lo cual implicaba, la inexcusable vuelta a casa. En contadas ocasiones nos quedábamos por la noche, para apreciar el cielo estrellado. Fantaseábamos con las constelaciones: alguna estrella se perdía entre los arbustos, y las otras corrían en su búsqueda sorteando obstáculos y pruebas. Algunos finales eran trágicos, pero en la mayoría la constelación reemprendía su viaje, completa y feliz.
Ese invernadero, lo era todo: batallas, risas, canciones, piratas, extraterrestres, persecuciones estelares… era un pozo de entusiasmo e imaginación.
Hoy no es más que una reminiscencia de nuestra infancia.
En la loma vacía, la hierba pace tranquila ajena a todos esos recuerdos que en su lugar se disfrutaron. Pero vendrán otros, quizás en forma de tortuga, mariquita o colibrí…
La esencia es no permitir que se descuide la ilusión.

«El invernadero» de Léon Spilliaert 1908
Imagen cortesía de artistasycuadros.com
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Este pintor, Léon Spilliaert es poco conocido y a mí en concreto me parece fascinante. Es un pintor belga que se encuadró dentro del expresionismo y del simbolismo, el cual realmente comenzó como un movimiento literario.
Sus obras son realmente hipnóticas, con una base en lo irracional y lo subjetivo. A mí me atrapan, te invito a que bucees un poco sobre ellas.
Hay algo en ellas que me conecta con mi serie de televisión favorita: Twin Peaks.
«Obstinaciones»
[A Lola y su infinita paciencia]
—¡Remolino! Sí, esa es la palabra adecuada —pensaba su madre mientras doblaba la ropa y se limpiaba de la frente el constante sudor de comienzos del verano. La escuchaba acercarse, ese correteo era inconfundible. La presentación era memorable aunque desafortunadamente habitual: pantalones desaliñados y tiznados, panza asomando inocentemente, camiseta arremangada, mofletes caldosos y rizos totalmente descolocados en un atisbo de lo que antes era una tierna coleta. Aparecía por la cocina y en pocos minutos volvía a desaparecer. Su madre la observaba con paciencia infinita entrar, dar una vuelta a la mesa central y volver a salir por donde había llegado, como una estela. —¡No entiendo porqué no! —repetía incansablemente la pequeña y dicho esto, desaparecía.
…
John Pemberton se sentía preocupado por el alarmante aumento de enfermedades digestivas, pero sobre todo por aquellas dolencias relacionadas con el estrés y los dolores de cabeza que acaecían últimamente entre los clientes de su farmacia. Lo achacaba al empobrecimiento paulatino, la industrialización y los nuevos ritmos de vida derivados de ello que se estaban instaurando rápidamente en la sociedad; y, como en su propio caso, a las inevitables consecuencias de su paso por la guerra. Veinte años habían pasado, y el dolor se negaba a desaparecer. Éstas y otras inquietudes rondaban por su cabeza mientras disfrutaba del camino de vuelta a casa. Aquella época del año en Atlanta era especialmente agradable: el pavimento alfombrado de colores, el sonido de las hojas caídas rozando sus zapatos al pasar, el suave viento rozando su cara, el murmullo de los pájaros volando hacia el sur… —Sí, definitivamente, tengo que encontrar la fórmula del jarabe que pueda ayudar a todas esas personas —se dijo a sí mismo John. Con este propósito instalado en su cabeza llegó a casa, se hizo un té, y subió al altillo donde tenía su laboratorio particular, dispuesto a perseverar en la búsqueda. La idea que le rondaba la cabeza durante todo el día, de repente hizo acto de presencia:
—¡Nuez de cola como en el vino! Sí, ¡voy a probar con ella! Y también lima y quizá un poco de canela… —así estuvo durante horas hasta que el sol lo sorprendió.
…
—¡Sí!, ¡sí! —su madre le ocultaba algo… Ella rememoraba perfectamente haberlo visto en aquella fiesta: ¡un gran grifo que surtía ese refresco tan delicioso! Le habían servido un vaso gigante de esa bebida durante la verbena. Recordaba haber observado minuciosamente todo el proceso, se había quedado fascinada viendo como aquel líquido caía burbujeante y el sonido que producía contra el hielo al caer era indescriptible. Beberlo ya era otra historia, picaba un poco al principio pero la sensación era poderosa y deliciosa. ¡Quería repetir!
…
Quién diría que aquella cálida noche de otoño John había conseguido encontrar la fórmula para ese jarabe, recordaba Patrick. A menudo se sentía triste porque John ya no estaba para poder ver en qué se había convertido su idea, su preocupación, su obsesión. No había sido el éxito que él esperaba pero había creado una bebida, cuya repercusión ni se imaginaría. La compañía rápidamente fue expandiéndose, y en poco años se había convertido en una de las empresas de referencia en los Estados Unidos, hasta ser marca emblema del país.
…
Aurelia se subió a una de las sillas de la cocina. Odiaba esos pinchos del borde, se clavaban en todas partes. ¿Quién los habría inventado? Era una maniobra arriesgada pues tenía que hacerlo sin que se enterase nadie. Por fin lo consiguió, ascendió hasta el borde de la silla, y después reptó hasta el fregadero con las improvisadas herramientas colgadas en la única trabilla que permanecía íntegra en su pantalón. Iba a lograrlo: desmontar el grifo y ver por dónde se ocultaba esa bebida. Pero, lo único que salía por ese grifo era agua, no entendía nada…
…
Ciento treinta años después Coca-Cola sigue siendo una de las compañías emblemáticas norteamericanas y John Perbemton un completo desconocido.
Para Lola, esta historia no deja de ser otra de las tantas historia que le ha hecho vivir su testaruda hija. En el fondo le divierte recordarlas, pues se quedan en eso, anécdotas. Al fin y al cabo a Aurelia dejó de gustarle la Coca-Cola un año más tarde, y nunca más se acordó ni lo nombró.
El fregadero no sufrió la misma suerte, hubo que cambiarlo, por cierto.

«Retrato de John S. Pemberton» Sin fecha
Imagen en dominio público, vía Wikipedia Commons
En el 1886 John Pemberton inventó la Coca-Cola, que comenzó siendo una medicina alternativa a base de nuez de cola, hoja de coca y agua carbonatada. Surgió como alternativa al vino de coca, ya que acaba de instaurarse la Ley Seca en Atlanta ese año. No se imaginaría que esa bebida se haría mundialmente famosa.

«Anuncio del Vino francés de Coca de Pemberton» 1884
Imagen en dominio público, vía Wikipedia Commons

«Anuncio de Coca-Cola» 1886
Imagen en dominio público, vía Wikipedia Commons
